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26-05-2006
Descripción:
La experiencia nos ofrece unas cuantas lecciones. Que la puerilidad y el tono moralizante no son los mejores recursos para ganar el interés infantil. Que el fondo irracional, intuitivo, imaginativo que subyace en los mitos, los juegos tradicionales, las coplas populares, ejerce invariablemente su fascinación. Que muchas grandes obras de la literatura infantil no fueron escritas expresamente para niños (episodios de Las mil y una noches, Robinson Crusoe, Los viajes de Gulliver), y muchas grandes obras escritas para niños han ganado una aceptación igualmente entusiasta entre los adultos (La isla del Tesoro, Alicia en el país de las maravillas, El Principito, Cuentos de la selva). Que no importa que la lectura que haga un niño sea distinta a la de un adulto. Que la primera vez que leemos Las aventuras de Tom Sawyer, Pinocho o Los tres mosqueteros disfrutamos lo puramente anecdótico, y que sólo en lecturas posteriores, cuando hemos alcanzado una mayor experiencia como seres humanos y como lectores, podemos descubrir, más allá de los risibles o angustiosos o intrigantes sucedidos, la sabiduría, la comprensión, la compasión de Mark Twain, Collodi o Dumas por la condición humana. Al final de cuentas, la lectura depende de la experiencia, de las lecturas anteriores, del humor que cada quien tenga, y no todos los adultos ni todos los niños descubren ni disfrutan las mismas cosas en una obra literaria.
Uno quisiera encontrar más grande libros que los niños puedan leer; es decir, que estén comprendidos en la esfera de sus intereses. He visto a niños de ocho y de nueve años embebidos en la lectura del Manual de zoología fantástica de Jorge Luis Borges, de El libro de la imaginación de Edmundo Valadés, de cuentos como «Baby H.P.», de Juan José Arreola o «Negrita» de Onelio Jorge Cardoso, ninguno de ellos escrito como literatura infantil.
Hay un buen número de obras que bien podrían ser publicadas en ediciones para lectores jóvenes. Es decir, en libros confeccionados para que sean niños y jóvenes quienes los manejen. No me refiero ahora a adaptaciones ni condensaciones que tienen también su utilidad, sino al formato, el tamaño de la caja, el cuerpo de la tipografía, la clase de papel, la encuadernación, el diseño, las ilustraciones... Dos ejemplos tomados de nuestros clásicos son Tomóchic de Heriberto Frías, y Los de debajo de Mariano Azuela
Uno quisiera encontrar más grande libros que los niños puedan leer; es decir, que estén comprendidos en la esfera de sus intereses. He visto a niños de ocho y de nueve años embebidos en la lectura del Manual de zoología fantástica de Jorge Luis Borges, de El libro de la imaginación de Edmundo Valadés, de cuentos como «Baby H.P.», de Juan José Arreola o «Negrita» de Onelio Jorge Cardoso, ninguno de ellos escrito como literatura infantil.
Hay un buen número de obras que bien podrían ser publicadas en ediciones para lectores jóvenes. Es decir, en libros confeccionados para que sean niños y jóvenes quienes los manejen. No me refiero ahora a adaptaciones ni condensaciones que tienen también su utilidad, sino al formato, el tamaño de la caja, el cuerpo de la tipografía, la clase de papel, la encuadernación, el diseño, las ilustraciones... Dos ejemplos tomados de nuestros clásicos son Tomóchic de Heriberto Frías, y Los de debajo de Mariano Azuela
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